lunes, 10 de septiembre de 2012

Diez de septiembre, ya pasaron tres.


Ese adiós no maquillaba un hasta luego. La separación llevaba ahora unos largos tres meses, y Ele trató de copiar en ellos la vida que había llevado con él durante tantos años.
A veces, cuando caminaba taciturna, volvía a medias la cabeza para mirar la calle, un poco desafiante, un poco ilusionada por la esperanza de comprender y ser comprendida. Lo cual estaba bien, era deseable y necesario, por la suma de innumerables madrugadas idénticas de sábado en que había estado perdiendo sus propias batallas personales, en las que había estado temiendo aquél sentimiento desconocido, que no era dolor ni odio.
Durante aquellos largos tres meses, había despertado en muchas oportunidades de una pesadilla, con alguna que otra lágrima rozando su mejilla, sonriendo servil y agradeciendo a las flores de papel del techo del dormitorio.
Ele necesitaba un desquite y no quería enterarse, se debía algunos descuidos y no se los permitía saldar. Tal vez por orgullo, tal vez por amargura.
Pero era inútil, todo eso era tan inútil como las madrugadas de los sábados. Porque aceptado o no, Ele quería volver a tenerlo, al menos hasta el amanecer, solo a veces.
Fue en aquél comienzo húmedo de primavera, cuando ella empezó a confundir al hombre que buscaba y elegía mujeres de un rato, con el hombre con que había planeado, meses atrás, conversaciones, viajes, caricias, risas y madrugadas.
Había empezado a creer que el hombre que le había escrito largas y exageradas cartas en las breves separaciones veraniegas del noviazgo, era el mismo que procuraba su desesperación. Y cada día parecía más imposible que él fuese el mismo hombre que meses atrás se desnudaba en sus brazos.
Y al fin se vio forzada a bajar a su dura realidad: - Ya no tengo interés en perder el tiempo creyendo o dudando. Da lo mismo.

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